viernes, 28 de noviembre de 2014

La puerta de la villa


El otoño en realidad no me gusta. Creía que sí, pero era sólo una ilusión algo naive producto de la amnesia y de unos cuantos años sin que me tocaran cosas semimuertas desprendiéndose de los árboles. Así es fácil idealizar, claro, desde trece mil kilómetros de distancia, bajo la sombra de palmeras y frente a un mar sin olas. Ahora sin embargo estoy en el centro del entretiempo – latitud norte – y no encuentro cerca nada de valor a rescatar del desplome. Muy por el contrario, para mi sorpresa, espero que el invierno llegue de una vez y se lleve en un viento frío todos los sobrantes amarillos al fondo del Cantábrico.

Sin romanticismos, por favor, y de heroísmos mejor ni hablamos. Gélido o cálido, hielo o trópico: una de los cosas. Acepto las transiciones como espacios inevitables, vale, pero hay que reconocer también que son carne de cañón para dar rodeos interminables y pasto de grandes jilipolleces. Es decir, de imprecisiones e intentos banales. De vuelos que se estrellan contra el suelo nueve de cada diez veces. 

'No dejes entrar las moscas. Vete fuera o entra', puso Steinbeck en boca de alguien muy harto del rumbo de las cosas al comienzo de Las uvas de la ira. Él, que habitó puros secarrales repletos de frío empedrado o calor lagarto, consiguió dar en el clavo una vez tras otra al describir lo humano germinal en espacios y climas concretos. Ayer lo releía casi sin querer y me vino a decir, casi sin querer también, que todo es susceptible de ir bien hasta que es ya una mierda, un intento desganado que había echado raíces en arenas movedizas. Que algo que parece vivo puede estar muerto en su raíz y después tocará sobreponerse a la confirmación, como siempre. Que enlazamos sobreposiciones y a eso tenemos el valor de llamarlo experiencia, pero la mayoría de las veces se trata de inercias, de errores repetidos y de acumular un cansancio tras otro mientras las moscas se pegan a la luz de las bombillas, a lo dulce descartado.

Tanto el frío como el calor pueden quemar y dejarnos pegados al suelo, pero cualquier cosa es mejor que mantener la piel híbrida y asumir las políticas de desprendimiento como el estado natural de la materia. Así que lo apunto, literalmente: entrar o salir, evitar las puertas entreabiertas (o peor, giratorias) y los sobrevalorados términos medios; saltar sobre otoños innecesarios o atravesarlos sin hacer paradas con Passing Through tintineando en la cabeza como una campana. En resumen, no perder más hojas. 

Ni más corazón. 
Ni más tiempo.


Autumn Leaves | Gijón, Puerta La Villa. Ayer





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domingo, 16 de noviembre de 2014

Domingo Hoguera

Debería dibujar más
ahogar las espinas
alquilar un piso
volver a cocinar
comer lo que cocine
engordar un kilo y medio
dar noticias
ponerme una tirita
rescatar galgos
escuchar I am a rock
hacer la cama.

Cada cosa a su tiempo.









domingo, 9 de noviembre de 2014

Rojo lento: Plath armando Ariel | uno

¿Qué es  lo que oculta ese velo? ¿Es algo bonito o feo?
Eso que brilla tanto, ¿tiene filos? ¿Tiene pechos?

                                        Sylvia Plath, Regalo de cumpleaños



La hoguera de palabras se ha agotado ya hasta las cenizas y el otoño sigue su curso sin inmutarse: las manzanas se desploman y la miel se acumula en los panales. 

No cabe duda de que la señora Plath, sin Hughes persiguiendo su nombre, tiene mucho trabajo que hacer en su propiedad antes del invierno. Para empezar hay que enristrar las cebollas, recoger las patatas y almacenar cuidadosamente las provisiones. Furiosa y agotada, se dedica a ello con ahínco y pretende no darse cuenta de la sombra que repta bajo los árboles de Court Green y que ya trepa por el oscuro tronco de su querido olmo amenazándolo de muerte. Definitivamente prefiere no mirar y continuar sobre la tierra, escarbando y recogiendo sus frutos. Pronto hará demasiado frío en Devon; pronto los desplazamientos serán menos probables; pronto el hielo envolverá la casa hasta hacerla estremecer, tan sola y callada como un páramo.

La señora Plath ya no duerme, no tiene tiempo. Durante el día se sumerge en el cuidado de los niños y sobrevive a la sensación de abandono, al pantano de recuerdos y emociones que desfilan en su interior como soldados furiosos. Las mentiras se exhiben y ponen en marcha la inevitable reconstrucción de los hechos, demoledora y precisa, tanto como un teléfono arrancado de la pared o una novela de amor quemada[1]. Los recuerdos dolorosos y la ausencia la asaltan a cualquier hora entre las acciones que pretenden ser cotidianas. Día a día añade nuevas piezas al puzzle del descalabro de su matrimonio mientras se deja llevar por la inercia de los quehaceres domésticos: despertar a los niños, preparar la comida, limpiar la casa, recoger la cosecha, leer a Yeats. 

No descansa, apenas come y continúa: el cuerpo sucumbe al agotamiento físico y psíquico –insomne-  y se resuelve en la palidez y en la reducción: desde el pasado verano, Sylvia ha perdido nueve kilos y sufre continuas gripes y problemas respiratorios durante todo el otoño. El pelo, sin embargo, crece y se carga con un nuevo olor, casi animal. Día a día el tono dorado del cabello hunde definitivamente sus raíces en algo rojo, profundo. Lo rojo crece así lento, enredado entre las hojas desprendidas del otoño, desde el interior de una colmena, bajo la corteza de un tejo y sobre los restos de un incendio breve, tan breve como un anillo de bodas. Es entonces, cuando llega la noche, que el rojo se consolida.


Sus días de cuidadora naufragan en noches de estrellas turbias y lunas óseas. Durante la madrugada, un espacio se abre para que los soldados de su interior formen filas y tomen su legítima posición como poemas. Se quedan quietos y alerta,  abrazados a sus armas, listos para recuperar un viejo territorio, para apropiárselo de nuevo y, esta vez, dominarlo. A esa hora, a ese lado de las cosas, sólo es posible llegar hasta la mesa de madera de olmo y escribir con absoluta franqueza: Sylvia Plath toma su vieja pluma Schaeffer y deja que los versos se derramen sobre el delicado papel rosa que usaba cuando formaba parte del profesorado de Smith: transcurren. Después de cada estrofa, una certeza de su valor; después de cada certeza, una euforia. Y después de cada euforia, las horas, todas las horas pendiendo de un hilo.

Devon ya no era para ella un lugar habitable. La soledad y la sensación de aislamiento habían hecho del terreno algo impracticable y era demasiado joven para sentirse tan apartada del mundo. Por otra parte, todo resultaba desmoralizante e incómodo; las voces de los niños y el trabajo en casa la abrumaban en un momento en el que necesitaba tiempo para sí misma, para recuperarse y ver qué hacer con el resto de su vida. Miraba a sus hijos y sentía lástima por ellos: crecerían sin un padre, como ella, y estaba segura de que también como ella se sentirían distintos y carentes, durante toda su vida. Creía ver en Frieda claras muestras de regresión desde que Ted se había ido y le preocupaba mucho el desarrollo emocional de la niña[2] porque seguramente proyectaba hacia la pequeña su propia sensación de abandono, así como el temor y la desorientación que esa nueva situación de pérdida le producía.  Entre tanto, el dolor que experimentaba se expandía y parecía apropiarse de todo en una ráfaga densa e insondable, estirando sus tentáculos hacia el pasado y regresando con viejos fantasmas, con cofres abandonados y zapatos negros[3]. Estaba aturdida y exhausta, pero no paralizada, sino que reaccionaba y ataba cabos por escrito.  

Por suerte, y gracias a la comadrona que la había asistido en el parto de Nicholas, Winifred Davies, Sylvia encontró a una joven fantástica para cuidar de él y de Frieda, así que desde el 21 de octubre de 1962 hasta el 11 de diciembre, Susan O´Neill-Roe llegó cada mañana a las ocho y media quedándose en Court Green hasta bien entrada la tarde con ella y los pequeños, lo que le permitía contar con más tiempo para dedicarse a sus lecturas[4] y al trabajo sobre los nuevos poemas. Susan se había ofrecido también a pasar algún fin de semana en la casa al cuidado de Frieda y Nick si ella lo necesitaba para viajar u ocuparse de sus asuntos con tranquilidad, ofrecimiento que fue recogido con gran alivio por parte de Sylvia, quien empezó a planear un posible desplazamiento a Londres para hacer algunos contactos y pensar en el siguiente paso que podía dar para recomenzar.


Ted Hughes 1956 © Sylvia Plath
Pluma y tinta sobre papel


El veintisiete de octubre la señora Plath cumplió treinta años. Dylan Thomas, de haber vivido, habría cumplido cuarenta y ocho ese mismo día mientras ella terminaba dos de sus poemas más brillantes y emblemáticos, Ariel y Amapolas de octubre. No hay, sin embargo, ninguna anotación más en sus diarios o agendas que muestre cualquier otra celebración al margen del desfile de imágenes que tiene lugar dentro de su poesía. Estos dos momentos puestos por escrito son, por el contrario, las únicas pruebas de la concreción de su edad poética y una auténtica fiesta sensorial. Desde el límite rojo que las imprevistas amapolas del poema le señalan, Sylvia se aturde ante un don inexplicable: el de la irreductible y sorprendente supervivencia de la belleza. O más aún: se aturde ante la necesidad de aceptar que cuenta con un don, un talento genuino para construir belleza desde los escombros de su existencia. Los poderes andróginos de Ariel  y la fuerza de la leona de dios, harían también su parte al respecto. Dos días más tarde y ya envuelta en su nueva edad, Sylvia Plath partió hacia Londres dispuesta a poner orden en su vida, a mostrar su nuevos trabajo y a hacerse cargo de su futuro.

Eufórica, colmada con la resolución vital que su escritura le indicaba, Sylvia pasó dos días vertiginosos en la ciudad. Entre el 29 y el 30 de octubre acudió a los estudios de la BBC para realizar una lectura grabada de su poema Berk-Plage; también concretó los detalles de su presencia en la Noche de Poesía Americana el próximo verano en el Royal Court Theatre y visitó a su amigo Al Alvarez[5], también recientemente separado de su esposa y a quien le confesó el final de su matrimonio con Ted. Después leyó en voz alta parte de sus poemas de octubre a un atónito Alvarez, quien reconocería mucho más tarde haberse sentido desbordado ante la explícita genialidad de lo que acababa de escuchar y que en ese momento sólo alcanzó a felicitarla con moderación.


Cubierta del libro editado por Frieda Hughes que contiene una selección de los
dibujos, bocetos e ilustraciones realizados por Sylvia Plath | Nórdica Libros, 2014


Ese mismo fin de semana, Sylvia fue entrevistada por el productor de la BBC Peter Orr[6] sobre su trabajo como poeta.  La entrevista, clara y concisa, recoge la visión de una escritora joven pero centrada y con una larga trayectoria  a sus espaldas respecto a la literatura: llevaba trabajando en las palabras prácticamente toda su vida. A lo largo del encuentro, Plath se expresa con franqueza y claridad meridiana, aclara sus opiniones respecto a lo que considera “buena poesía” y define la honestidad respecto a la propia experiencia vital como eje central de su creación poética. Dicho eje, según ella, no se limitaría sin embargo a girar sobre sí mismo o a cerrarse como una concha capaz únicamente de contener a la autora o al autor, sino que remitiría y tendría lugar dentro de un contexto social y político con el que guarda una relación de compromiso y responsabilidad. 

Plath se define como una poeta politizada que habla de sí misma pero no para sí misma únicamente, sino como una creadora que utiliza su propia experiencia como un artefacto catalizador para comprender el mundo. En su caso, cuando desde el propio cuerpo emerge sin filtros ni empaques una auténtica toma de conciencia de la experiencia vital y se hace cargo de las herramientas poéticas adecuadas para que adopte la forma precisa, tiene lugar una escritura honesta y veraz que, partiendo de lo particular, es capaz de hablar de denominadores comunes y localizar dentro de un poema algo reconocible y familiar para las personas que se acerquen a él. Para la escritora los poemas deben basarse en emociones reales y auténticas, pero no pueden reducirse a su origen únicamente, sino que a la vez deben ser relevantes desde un punto de vista social, humanista, y remitir a cuestiones más amplias como el Holocausto o la bomba atómica. La poesía a la que Plath se refiere, que articula tan efectivamente en esta última fase de su trayectoria, traza puentes sin temblar entre los posibles cataclismos internos y externos del ser humano y establece verso a verso las relaciones sutiles o no tan sutiles entre ellos.



BBC Interview

A continuación, la lectura que realizó para Orr corroboró una a una sus apreciaciones.  Los poemas elegidos en esta ocasión, todos muy recientes –Lady Lazarus, Nick y la palmatoria, El atrapa conejos y Purdah-,  hablaban obviamente de ella, de su vida, de lo que había ocurrido y de lo que estaba ocurriendo ahora mismo–. Sin duda Sylvia se contaba a sí misma a través de su tiempo de vida, pero cada una de sus palabras realizaba conexiones inmediatas dentro del tejido más amplio y profundo de la experiencia humana socialmente compartida como si de terminaciones nerviosas se tratara.   


Mi cuaderno sobre Sylvia. Buenos Aires, 2010


Tras el despliegue de encanto y resolución vital, Sylvia regresó a Devon pletórica, llena de alabanzas, buenos deseos y posibilidades: saldría de ésta. Una vida realmente propia llevaba aguardándola a ella y a su escritura desde hacía muchos años y era el momento de dejarla acontecer, pero se imponía la necesidad de un nuevo cambio de escenario: el almacén de ausencias y promesas rotas que suponía su casa en Court Green no era el lugar apropiado para que esa nueva vida sin intrusos tuviera lugar. Tenía que volver a Londres, reconectar con el ritmo del mundo y publicar su nuevo poemario; tenía que salir de Devon, cerrar una puerta por escrito y dejarse ver; tenía que comprar ropa nueva, arreglarse el pelo y volver a sí misma.

Sylvia estaba cansada de su continuo miedo a vivir. En las cartas que envió a su madre durante el otoño censuraba a Aurelia por mostrarse siempre tan temerosa y comedida con todo y afirmaba que no deseaba ese mismo tipo de vida para sus hijos, que quería que se sintieran libres para probar cosas nuevas y descubrir el mundo por sí mismos. Había tomado una profunda conciencia del lastre de la domesticidad y consecuentemente empezaba a ver en ella una realidad domesticada, un escenario donde todo parecía seguro y que sin embargo exponía a las personas, concretamente a las mujeres, a toda clase de catástrofes que incluían desde el inmovilismo hasta la absoluta devastación de sí mismas como seres autónomos con algo que decir. Jamás veré el mundo si me encadeno a una lavadora, concluía en una airada carta a su madre con fecha del 25 de octubre.  Era obvio que el desamor, los celos y el rencor que la asolaban día y noche delimitaban en Sylvia la sensación de haber sido víctima de un fraude y de haber asistido a la partida de cartas del matrimonio con las peor de las manos.

El cinco de noviembre, Sylvia regresó a Londres en busca de apartamento. Si bien Ted la ayudó en su búsqueda, fue finalmente ella la que dio con un cartel de alquiler en el número 123 de Fitzroy Road. El edificio anunciaba que Yeats, poeta a quien Plath admiraba y al que curiosamente había estado leyendo esos meses, había vivido allí: su radar interno lo consideró una señal. Emocionada ante el hallazgo, no dudó en telefonear e insistir en que le alquilasen el apartamento, a pesar de que éste había sido prometido provisionalmente al profesor Trevor Thomas, un historiador de arte: el asunto se había convertido para ella en una cuestión de vida o muerte. Consciente de las pocas posibilidades que una madre joven y sola tenía de resultar la candidata más idónea para que le alquilaran el piso, se decidió a llamar a Ted para que la acompañara a ver al agente inmobiliario. 

Insistieron, ofrecieron pagar un año de alquiler por adelantado y finalmente el apartamento fue suyo.  Ilusionada con su inminente traslado,  fue directamente desde su futura nueva casa a visitar a su amigo Al Alvarez para tomar una copa, contarle sus planes de regreso a la ciudad y leerle nuevos poemas. Los sinceros y reiterados halagos que recibió se unieron a la satisfacción por haber encontrado ya un lugar para vivir y motivaron en ella el deseo de verse por fuera tan bien como se estaba viendo sintiendo por dentro y terminar así con el descuido personal al que se había abandonado los últimos meses: al día siguiente se compró ropa, algunos complementos, maquillaje y fue a la peluquería. Era obvio que necesitaba afirmarse y reconocerse, aunque el método elegido se basaba, una vez más, en la confirmación externa de sus aciertos. Mientras caminaba por la calle con su  nuevo aspecto comprobó que los hombres se volvían a mirarla y que seguía viva, viva y reluciente como el bello brazalete que acababa de adquirir y que colgaba de su muñeca delgada.  Escribió a su madre para contárselo y dio por sentado que estaba en el camino correcto. Pero aún debía permanecer unos días más en Devon.




A pesar de su resolución londinense, la herida interior de Plath era muy profunda y Court Green funcionaba como el más atroz de los espejos. Cada madrugada su deseo de un futuro autosuficiente entraba en conflicto con la devastación emocional que suponía para ella el sentir que en los últimos meses había sido víctima de una expropiación vital absoluta. En muchos sentidos, tenía la sensación de que no se había salvado nada, por lo que los poemas del mes de noviembre recogen la negrura de sus pensamientos, certifican un daño mortal y se abisman en la nada profunda.  Aún así, no tenía intención alguna de rendirse.

Durante el mes de noviembre, Sylvia se dedicó a idealizar el dulce porvenir que le auguraba su traslado a Londres, a preparar la mudanza, a almacenar la cosecha de manzanas, patatas y cebollas, a vaciar las colmenas y a cerrar sus poemas otoñales dentro de un título que avanzaba hacia ella a su propio paso, desprendiéndose una a una de sus capas. Primero aceptó la llegada de La rival y otros poemas, después fue un Regalo de cumpleaños, más tarde distinguió el protagonismo del Cazador de conejos hasta dar paso a Papaíto y desde allí, inevitablemente, acceder a la parte de sí  misma que quería dentro de Ariel.

Los cuarenta y un poemas seleccionados finalmente por Plath para su nuevo libro  eran auténticos ejercicios de definición personal.  A través de ellos la autora incorpora activamente el pasado al presente, ata cabos y coloca cada imagen de sí misma y del mundo en su lugar, construyendo un nuevo espacio sin intrusiones desde el que proyectarse hacia el futuro como una flecha, una flecha que arranca con fuerza desde el tenso arco compuesto por muertes sucesivas.  Ese punto de arranque y el movimiento de la flecha la recolocan nuevamente en la sociedad como mujer creadora dentro de una identidad definitiva y poderosa que la voz poética de Ariel  sostiene corporalmente a todos los niveles. Ahora bien, como la propia Sylvia entiende, para que esa voz haya podido llegar a pronunciarse ha sido necesario un proceso de muerte y regeneración.

Obviamente, Plath creía firmemente en la posibilidad de tocar fondo y volver a subir porque lo había logrado antes. Ya una vez había regresado de la muerte para terminar brillantemente sus estudios universitarios; después llegaría la Fullbright con su vieja Europa y su viejo Cambridge. Y después llegó el amor: una pantera, un jaguar, un halcón, un gigante, un coloso, un poeta… O Ted, sólo Ted. 

Después de la muerte se había enamorado; después de la muerte fue madre y amó, durante seis años amó. Ahora los poemas recogían el fin de ese amor y la sensación de fraude, de impostura. Los poemas hablaban de la expropiación de un territorio propio a manos de un cazador de conejos, de la mentira de su matrimonio y del poder aplastante que había ejercido sobre ella. Y sin embargo, ahí estaba: había sobrevivido y algo se habría paso en su interior hasta alcanzar por fin una puerta de salida a la libertad.



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los díes, les coses
m u s - f a i

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[1] Referencia al momento en que Sylvia intercepta una llamada de Assia a Ted y arranca el teléfono de la pared, así como a la hoguera en que Plath quemó el manuscrito de su segunda novela, donde narraba su propia historia de amor.
[2] Transmitió dichos temores a su madre por carta y también a varias amistades, como Clarisa Roche. Recogido por Anne Stevenson y Linda W. Martin en sus biografías sobre Sylvia.
[3] Referencia la poema Papaíto, que Plath escribió en esta época y en el que empleaba metafóricamente la figura de un “zapato negro” como alusión a su padre.
[4] Por entonces estaba leyendo de nuevo a Yeats, Woolf, Blake, Dylan Thomas y Lawrence.
[5] Al Alvarez fue amigo tanto de Ted como de Sylvia, si bien tras la muerte de ésta sus relaciones con Hughes se deterioraron debido al capítulo que Alvarez concede al suicidio de Sylvia en su ensayo El dios salvaje.










jueves, 6 de noviembre de 2014

Astroboy



Y cuál es el problema, después de todo.

La falta de dinero
la falta de autoestima
la falta de constancia
la falta de paciencia
la falta.


El miedo al rechazo echa raíces ahí.





'Yo quería ser Astroboy y Astroboy quería ser yo' 
Daniel Choi



domingo, 2 de noviembre de 2014

demostraciones

No intentar nada –
quedarse con nada
esperar nada.

No comparar nada con algo
ni algo con nada.

Árdelo todo

continúa – la  cabeza llena de nada
hasta el fondo.

Llegarás, ya sabes

no pasará nada –
acabará eso, todo
o al contrario.

Y viceversa.




Esta es de Rothko también













joya



Cosas que te matan y no mueres.
Esas.
Y lo de después, que no es resucitar.



Rothko | Untitled