lunes, 15 de junio de 2015

ambulancia

Iba haciendo eses a medianoche pidiendo que A y M, un par de pasos por detrás, no la acompañaran a casa. 

Estaba graciosa. Hablaba entre risas y saltos del hombre de Siberia y del hombre del Partido; de lo poco o nada que importaba volver o comenzar; de las minas abandonadas del norte y de la Revolución Cubana; de las manos que rozan y de las manos que acceden; del querer y del dejarse querer sin importancia; de saber darse de comer y de escucharse dormir.

Se detuvo en seco frente al paso de peatones justo en el momento en que una ambulancia los superaba trepando calle arriba en una exhalación, dejándolos atrás.

Mira - dijo A - ahí va tu corazón.




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domingo, 7 de junio de 2015

hacer un corazón

Ayer una cosa llevó a la otra.

Primero recordé que hace exactamente un año que estoy en Gijón, después de más de una década de no pisar tierra norte mas que de manera anecdótica y casi siempre con desgana. Un año desde que a mi padre le dieron el alta médica de la planta tres para enfermos del corazón de un hospital de Santander. Un espacio límbico en el que mi jet lag camboyano y yo habíamos aterrizado desorientados y con la ropa fuera de estación, y en el que permanecí más de un mes entre desfibriladores, cortes torácicos y esperas de trasplantes. 

Recordé eso y a continuación abrí la caja de los naipes.




Durante los casi cinco años que viví en Phnom Penh me los encontré por todas partes: sucios, pisoteados, machacados por el tráfico, al borde de alcantarillas y sobre aceras fragmentadas no aptas para caminantes. No sé cuándo exactamente empecé a recogerlos y guardármelos tal y como estaban - arrugados, quemados y arrastrados por el viento -, pero en algún momento comencé además a escribir la fecha y la calle en las que me tropezaba, a veces literalmente, con ellos. Y así, por ejemplo: once de abril de 2011, avenida Sihanouk, tres de picas. 

El porqué hay tantos naipes en fuga en Phnom Penh es algo no resuelto del todo aún para mí. Es como si simplemente se fueran de las manos y huyeran del juego. La ininterrumpida vida de las calles pompéricas los lleva a partidas en callejones, dentro de tuk tuks a la espera de turistas a los que arrastrar a algún punto de la capital, a las puertas de las casas. Entonces algo sucede, alguien se olvida y ellos se pierden. Aún así, las pérdidas no impiden seguir repartiendo las cartas de una baraja incompleta, tan incompleta como la población de un país que convive con más de tres millones de fantasmas, de desapariciones y rostros en fuga. Rostros ordenados en las series de fotografías del Toul Sleng, el museo del genocidio: un colegio que recogió los interrogatorios y ejecuciones de los prisioneros del khmer Rouge después del vaciado y éxodo de la población de la ciudad al campo en 1975.




Fotografías de rostros en disolución archivadas minuciosamente por los 'hermanos'. La primera vez que recorrí el Toul Sleng enfermé casi instantáneamente mientras mi amiga Huong, camboyana -quien no se había atrevido a visitar el lugar hasta ese momento- recorría muda las aulas de las torturas. Fue la primera vez que pensé en los naipes y en todas esas pérdidas que definen la fractura del corazón de un país.

Así que hice eso, recogí cartas del suelo y esas cartas vivieron conmigo en las tres casas que habité, cerca de las personas que amé, lejos de las que dejé de amar, en los monzones y en los meses incendio. Y aunque entregué todas mis cosas a mis vecinos del callejón 106 antes de volver a España, los naipes subieron al avión conmigo en un viaje transoceánico que nunca pretendió ser un regreso. Hasta ayer, sin embargo, no había tenido corazón suficiente para darles un lugar. Un lugar que me recordara lo evidente: que nadie abandona lo que ama aunque desaparezca de su vista, aunque le sea arrebatado. 

Marguerite Duras escribió sobre Hiroshima: Quién podría imaginar que esta ciudad tendría la forma exacta del amor. Hasta 2010 yo nunca había imaginado Phnom Penh como un espacio real, como unas coordenadas que estarían en mi vida para siempre, de K a X, en mis antebrazos. También creía que los grandes amores tendrían el nombre de otras capitales torácicas y que los lugares más amados serían siempre Granada, Buenos Aires o la pequeña isla volcánica de Ometepe. Y desde luego nunca jamás pensé en volver a amar del todo Gijón.




En muchos sentidos, dejé Phnom Penh con el corazón hecho pedazos y durante meses me he mantenido a una distancia prudencial de todos ellos, sin tocarlos, haciendo otras cosas y sin esperar que nada los pusiera en ninguna otra parte o arreglase el desperfecto. No se me ocurrió pensar que en una ciudad en la que el sol es un acontecimiento aislado, a mi corazón tropical y tendente al sur le volviera el color, pero la cuestión es, finalmente, que los naipes no forman una baraja completa ni perfecta, pero ya están en casa. 




En algún punto de la tarde, y una vez que el día se instaló definitivamente en lo rancio tormentoso, muy al estilo astur, me acordé de los 1776 peldaños de la colina de Mandalay, en Birmania, que subí hace dos años con el tobillo hecho trizas, de pagoda en pagoda, y mientras me martilleaba la cabeza la idea de toda la inocencia que perdemos y el miedo y la desidia que ocupan su lugar. Pensando en las heridas de guerra de Birmania, en las de Camboya y en las de mi propio país; en todas las pérdidas y en todos los fantasmas con los que convivimos; en cada una de las cosas horribles de las que hay que recuperarse y en todos los miedos y aplastamientos a los que nos resignamos. La mayor parte de los países no son más que corazones hechos pedazos. O hechos de pedazos, como cualquiera de nosotros. Y funcionan y naufragan exactamente igual.

Aprendí una cosa importante en la planta tres de enfermos coronarios: el corazón es capaz de sobrevivir a la muerte del ochenta por ciento de su tejido y aguantar con el veinte por ciento restante el peso y el movimiento de un cuerpo entero, bombeando sangre, inquebrantable. A pesar de esta inmensa resistencia autosuficiente y capacidad de rearme, un corazón no se basta a sí mismo para destruirse, y tampoco para arreglarse.

Lo cual me lleva al tercer movimiento de la tarde: la fabricación de un corazón a medida, ahora que cuento por fin con el instrumental y el pulso necesarios. No entraré en muchos detalles sobre el proceso creativo - miS rudimentos es mejor que los conozca sólo yo- , pero sí dejo aquí constancia de los materiales indispensables para este caso concreto:

-  Masa Das.
-  Acrílicos rojos.
- Un imán pequeño para colocar en el interior de esa masa que moldearemos con la forma de un corazón. Debe pesar.
- Una caja (torácica) que haya estado en tu compañía lo suficiente como para no saber dónde ponerla. Y que quieras pintar.
- Un corazón de ballena, moldeado previamente, que un buen día se desprendió de su dueña y señora.
- Otro corazón de plástico encontrado en la avenida Mao Tse Tung el día que, otra vez, te atracaron, te caíste de la bici y llegaste con las rodillas sangrando a casa. Para colocarlo en la base de la caja.
- Un hilo azul del costurero heredado de tu abuela, que sí sabía coser y arreglar dobladillos y no lo resolvía todo con un imperdible.
- Una hoja chiquita, de metal y dos bolitas también metálicas y con forma de lotos para atar ese hilo azul.
- Purpurina, claro.
- Varios días con el corazón incompleto y a la espera.
- Dos tormentas.
- Y una mañana de domingo con viento y sol, a ráfagas.

Hay una máxima para todo esto: no descartar, no destruir - recuperar y reutizar. Y mientras estos elementos adquieren forma y color cardíaco, hay que estar convencida de que lo que resulte de todas las pérdidas y todos los encuentros, vuelve al comienzo de T.S Eliot. Incluida la inocencia, que como la forma de ciertas ciudades para el amor, es una superviviente y tiene lugar sin más.


uno


dos


tres


y cuatro



Corazón y texto para María Tormo


X

viernes, 5 de junio de 2015

la ola


Isla Phú Quốc  10°13′44″N 103°57′26″E




Mira,

me palpitan corazones rotos, de pájaro
en las manos. Tu cabeza está cargada
con electricidad.

La colocas sobre el latido de los animales: plumas, garras y escamas bajo la piel, agitándose en su jaula de costillas. Late en azul mi corazón japonés.
Examino las marcas, las mido. Hago memoria de los dos en ese dolor que se desprende del contacto. Tu cuerpo cálido a mi izquierda, la frontera líquida del país a la derecha, en el extrarradio de un cuarto vietnamita - 

los tránsitos, los tráficos.

Munición. Cerca de los campos de minas, de las amputaciones, de las expropiaciones. Cerca de las madres que temen lo que presienten, la amenaza acantilada afilándose a oscuras, como una costa.

Nosotros. No vamos a quedarnos ni a permanecer. Las buenas intenciones se disuelven en el eterno verano: estamos listos para las fugas. Y tan atónitos como las presas que huyen de sus madrigueras temporales, preparadas por su memoria del dolor; por su instinto del fuego; por su visión de las máquinas expertas en ahogar lagos con arena, en demoler comunidades enteras para cambiar la pobreza de lugar. 

El puerto, la aduana. El sonido de la documentación, de los pagos, entra en la habitación y se enreda en las aspas del ventilador, que gira sobre nosotros como un helicóptero. Es el ruido circular que confirma que todo a las afueras de esta habitación es susceptible de hacernos pedazos. 

Dentro. Lo que nos sucede no es el olvido, no es tampoco ese tipo de amor que dice nuestro: ¿ha terminado? El cuarto se abre como un caparazón.

Junio. Algo avanza. Mira hacia el trópico fantasma, hacia las costas de ballenas. Sigue una llamada lisa y continua.

Oleaje. Asciende desde las Antípodas. Ahora pienso en Jay Moriarity, en lo que significa estar dentro de una ola, aprender los giros del viento y las corrientes de agua frente a la volátil posibilidad de dejarse ahogar. Y abandonar la desnudez en la orilla.

Doy un paso hacia el agua fuera de tu abrazo. Ir hacia ellas tras atravesar un alud, un sol. Hacia ellas: las provincias anatómicas, las zonas salvajes. Exactamente hacia ellas.

Definitivamente hacia ellas.







X:X



Ilustración | Azul | La Perera




martes, 2 de junio de 2015

esto también es un incendio




No te disuelvas en lo que parecen ser
dos lugares distintos.

No te despistes - no te derrumbes
no abandonemos - no perdamos
hemos pasado - 

duremos.





nueva piel para la vieja ceremonia