domingo, 23 de agosto de 2015

cosas que pasan desde que vivo aquí






Hay que tomar trenes y metros cada día, estructuras metálicas que se desplazan como ballenas sobre vías oxidadas en las que, de pronto, alguien se desploma o se arroja. Sucedió hace una semana exactamente: un hombre que mira ensimismado su teléfono inteligente pierde el equilibrio y se derrumba sobre las vías a dos minutos de ser arrollado por vagones llenos de gente acalorada, harta, con expectativas en marcha. La mala suerte no estaba echada a su lado y fue arrancado a tiempo del aplastamiento por dos mossos d'esquadra y un par de civiles , sobreviviendo así a la torpeza aún en estado de inconsciencia. Horas más tarde, sin embargo, el destino se ajustó a sus propósitos matutinos en la parada de La Llagosta y otro hombre, esta vez con las intenciones más claras, se lanzó a las vías sin tiempo para heroicidades ajenas.

Bastaron unos segundos de agosto para dejar una sombra roja de incertidumbre sobre el hierro caliente. Algunas de mis mujeres volvían en un tren que hacía el sentido contrario y llegaron la residencia con el corazón en un puño. Una de las niñitas, pálida, me abrazó fuerte en la entrada antes de concretar 'fue feo, daba mucho miedo, Cova'.

Pero no todos los días suponen este tránsito ni todos los desplazamientos acuden a la muerte de manera tan evidente y simplista. Normalmente avanzo por pasadizos, puertas giratorias, indicaciones en catalán y llego con una canción en la cabeza a esa horrenda cosa que es la vía dos de Renfe en Paseo de Gracia. A la vuelta, trece o catorce horas después, esquivo acosadores de estación -proliferan en el área- y trato de tomar algún tipo de perspectiva sobre por qué el ser humano, en general, es tan absolutamente desastroso. Y por qué las mujeres, en concreto, se llevan la peor parte.



En uno de esos retornos a casa - decir 'casa' suena cada vez más raro, por otra parte- la vi llegar a ella un minuto después de hacerlo yo, con su pequeña de poco más de un año en los brazos, pasando el control láser de la estación. Dónde están las otras dos, le pregunté, y ella me señaló un hueco a cien metros del punto del andén donde nos encontrábamos. Entonces las vi: Siete y cinco años respectivamente colándose a través de un agujero en la maleza, con sus falditas de tul -disfraces de carnaval que a su madre le parecieron en algún momento vestidos de diario para sus cuerpos breves, morenitos, armados de fibra paquistaní-. Las miré acercarse rápidas con sus patines rosas y totalmente inapropiados para la misión, peligrosos para acceder a nada en movimiento. Las miré como se miran las cosas dentro de los sueños.

Una incidencia, pensé. Estoy aquí esperando mi tren y siendo testigo de algo que debo considerar una incidencia y poner en un informe. Visiono dentro del sueño la plantilla del informe mientras las escucho aterrizar unas en otras, en mí. Ellas: cuatro mujercitas de diferentes tamaños y edades, una de las cuales es una madre - puramente circunstancial. Hay un daño compartido que las mantiene a todas unidas como si fueran las piezas de un juguete roto en un traslado, igualmente envuelto para regalo y atado con un lazo de raso color celeste alrededor. 

Repaso la escena, las marcas, el ruido que hacen: he ahí una madre que no sabe ser madre del todo porque, digan lo que digan, esa condición no es algo que se asuma de manera natural; he ahí una madre que no ha podido ser niña y a quien no se ha tratado como hija. Y reconsidero la ecuación de afectos.

El amor no es obvio, no se ofrece ni crece al margen de las fisuras. Hasta el amor más primario pasa por filtros, por inclemencias, por desastres naturales. Porque el amor es defectuoso. Y el amor de una madre también puede ser un error.

Soy testigo de una incidencia que acabará en un informe, reconsidero una ecuación y despejo la incógnita de las dos circunstancias que me convierten en un ser privilegiado,

los que debían quererme me han querido,
nunca me han golpeado.

Y ambas cosas hacen que no conciba el hecho de que alguien pueda levantar la mano, el insulto, contra mí. Así de simple.





Eso fue hace un mes, más o menos. Hace dos días vuelvo a hacer el trayecto de ida, muy temprano y sorteando a todos los elementos que vuelven a casa desde la noche barcelonesa en un lamentable estado la materia - ese que da mucha vergüenza ajena cuando estás recién duchada y te preparas para trabajar, para esforzarte en hacer las cosas bien y percibes un cierto orden en tu vida. Pues bien, ahí estoy, como todos los días anteriores a hoy desde hace dos meses -dos meses viviendo aquí después de once años y tres continentes, después de volver a Gijón y querer quedarme, sorprendentemente-, como muchos otros días que vendrán y empezarán así. 

Y hay alguien desconocido a la izquierda, alguien que sube detrás mío un segundo después a mi mismo vagón, mientras yo pienso en violencia, en juicios rápidos, en órdenes de protección y hombres que golpean a mujeres y dañan infancias; mientras me siento con un libro en el regazo que no leo del todo, que garabateo con cosas que se me van pasando por la cabeza como las estaciones, como la lluvia que cae de pronto, como las cosas abandonadas a su suerte en los andenes, como las llamadas desde Irlanda que no dejan de llegar. Garabateo porque mis libros siempre están marcados, atestados, aceptando ser cuadernos, mientras la persona que ha subido un segundo después de mí se cambia de asiento, me mira y hasta me habla -porque tiene voz de pronto. La persona parlante me pide que la despierte al llegar a tal estación porque teme quedarse dormida. Y yo digo que sí, que claro, que vale, porque soy ese tipo de ser viviente amable en un tren y no una de esas almas que se duerme antes del llegar a su destino. 




Pero la persona sigue hablando con los ojos abiertos del todo y es entonces que caigo en la cuenta de la excusa, de esa conversación impropia de las seis y poco de la mañana y me fijo, recompongo el cuadro, me ubico en la parada en la que estamos los dos, que no es la definitiva. Y es entonces que alguien pide el teléfono a alguien para que, una vez más, comience todo lo que de un momento a otro está siempre a punto de pasar.

Aunque el momento se parta aquí. Porque por ahora llegar finalmente a alguna parte, vivir del todo en este lugar, me da completamente igual.






lunes, 10 de agosto de 2015

después de Mark Twain

R. Hang


Alguien que no me gusta dijo
vida y muerte son lesbianas
- tómalo.

Trata ahora de contar esta vieja historia mejor.

No olvides mencionar el secreto, ya sabes -
esa grieta en nuestro 'tú y yo'
y añade la mañana siguiente
y por supuesto los disparos

sus disparos en los periódicos.

Elije algo que reparar
e intenta coser piel extranjera
a tu propio cuerpo -

yo lo hago.

Se supone que estamos aprendiendo
a lidiar con amputaciones
con instrucciones de uso del jardín
- es lo justo.

Pero hay caprichos y esta grieta
cariño, se agranda - 
somos poca cosa

y yo resumo.

El amor es nuestro mutismo selectivo
qué frágil - se parte por la mitad
como ella

al borde del agua
perdemos el hilo, el tacto 
días enteros.

Esta idiotez no es un misterio -

vida y muerte son siamesas
y todo en Mark Twain era cierto.