domingo, 21 de febrero de 2016

febrero 21

Suenan caimanes
y al fondo la grieta

el cauce de óxido
las funciones cumplidas.

No queda nadie

en las vías
en lo nuestro -

suenan caimanes.



Febrero 21 T R E N  | Cova A.






























viernes, 19 de febrero de 2016

acepciones viscerales

olvidar 


(*Del lat. oblitare – oblītusoblivisci).


1. tr. Dejar de tener en la memoria lo que se tenía o debía tener. U. t. c. prnl.
2. tr. Dejar de tener en el afecto o afición a alguien o algo. U. t. c. prnl.
3. tr. No tener en cuenta algo. Olvida los agravios que te hicieron. U. t. c. prnl.
4. tr. p. us. Hacer perder la memoria de algo.

–– estar olvidado de algo

1. loc. verb. Hacer mucho tiempo que se hizo o sucedió




X Ángela Burón



acepciones viscerales –


1.
dejar que los cuerpos de otros
hagan todo el trabajo

2.
no preguntarse qué va a ocurrirle
a todo esto nuestro
que nunca fue de nadie

3.
querer desear algo más
a continuación
saber qué desear

4.
ser capaz, o no
de hacer el esfuerzo










lunes, 15 de febrero de 2016

Del agua | Muerte y vida de Laxe


Todas las imágenes | Thomas Cristofoletti
Artículo original disponible en Great Ocean Quaterly




Hace más de una década el petrolero Prestige se hundió en las frías aguas Atlánticas y cubrió con una densa y mortal negrura los acantilados del noroeste español. Los habitantes de Laxe, una pequeña población pesquera situada en el corazón de la Costa da Morte, en Galicia,  asumieron entonces con desesperación y sin apenas medios la penosa limpieza de las rocas como si su vida dependiera de ello. Una certeza, por lo demás, tan irrebatible como la solemnidad del faro que vio aproximarse hasta ese borde afilado de la geografía española la que ha sido la peor catástrofe ecológica y marítima hasta la fecha.

Considerada el fin del mundo en época romana, la Costa da Morte  debe su dramático nombre a los numerosos naufragios ocurridos a lo largo del tiempo en esta zona de densa niebla y salvajes tormentas.  En esa ocasión, sin embargo, sería el naufragio de un petrolero el que hundiría la costa en una mortal oscuridad y pondría en peligro la continuidad de una práctica ancestral: la extracción de percebes, esas extrañas y codiciadas garras oceánicas que el tacto áspero del Atlántico deposita sistemáticamente sobre rocas para que echen raíces. Contra todo pronóstico, sin embargo, los percebes –feos y resistentes crustáceos con sabor a mar y a supervivencia– siguieron aferrándose a las rocas con precisión animal y atravesando la capa de petróleo hasta dejarlo atrás como un mala sombra. Y doce años después continúan llegando en ráfagas inexplicables de espuma y salitre para permanecer indiferentes ante olas y captores,  brotando entre las cruces de hierro que señalan las coordenadas donde decenas de mariscadores perdieron la vida intentando alcanzarlos.

Como los propios percebes, todo en Laxe proviene y tiende geológica y corporalmente al mar. Todo depende, a su vez, de las ofrendas que este decida abandonar en redes expertas o sobre duras superficies de yodo y sal.  Así Julio, hombre de mar y experimentado percebeiro,  ha habitado durante más de cincuenta años la fuerza con la que el océano imanta la vida de aquellos que viven de él en su localidad natal. Autorizado por una licencia imprescindible para faenar y su maestría para la captura del percebe, convive cada día con las limitaciones temporales que delimitan la captura y venta del crustáceo – una actividad de la que depende en gran medida la economía de su humilde familia –  y la pasión con la que vive el contacto con las olas, el viento y la dureza de la piedra. Una pasión que, sin embargo, no desea transmitir a sus hijos.




Sin barcos ni tripulación, sin más protección que un traje de neopreno, la intuición y el respeto al movimiento impredecible de las aguas, hombres-anfibio como Julio  o su compañero Piticas –a pocos años ya de alcanzar una escueta jubilación – no desean otra cosa que sacar adelante a su familia y continuar disfrutando de la plena sensación de libertad y conexión que siente en ese espacio híbrido, legítimo e identitario, que tiene en el cuerpo que se mueve entre el agua y las roca. Una libertad llena de trampas mortales, de la que ambos se responsabilizan, pero que el caso de Julio no desea para sus hijos.

Consciente de que por ley sólo cuentan con quince jornadas para faenar y extraer de las rocas la cantidad suficiente y autorizada de percebes que garantiza que su familia pueda seguir adelante, Julio sabe que debe aprovechar fundamentalmente la temporada antes de las navidades,  que es cuando el percebe alcanza en precio más alto y su venta está garantizada a más de 50 euros el kilo.  Hace cálculos mentales cada mañana, mide en el cielo los posibles temporales y los sincroniza con el ritmo de las mareas antes de enfundarse en su traje de neopreno y dirigirse a los acantilados. Lo hace en silencio, como antes había visto hacer a su padre y antes de él su abuelo, de quienes también aprendió que nadie puede obligar al mar a entregarnos aquello que deseamos cuando lo deseamos, a ajustarse al ritmo de las ambiciones humanas o a devolver con vida los cuerpos que perdieron de vista la capacidad de las corrientes de arrastrarlos hasta el fondo.

Para Julio el mar es además un cuerpo con voluntad  propia, interminables capas de piel líquida con muchas posibilidades de acción. Una suerte de cuerpo humano que puede ser protector, seductor, luminoso, enigmático, oscuro, tempestuoso y violento, mostrando simultáneamente facetas contradictorias que, por lo demás, se encuentran en la propia vida también como contradicciones. El Atlántico es además una casa en permanente movimiento y transformación a cuya puerta siempre se ha acercado con respeto. ‘Jamás tuve miedo’, dice, ‘al mar no debes temerlo sino respetarlo. Cuando él te dice toma esto, agárralo con fuerza, es porque te va a dejar mariscar como él quiere, que vas a poder acariciarlo, que vas a jugar con el. Cuando dice que no debes, no hay nada que puedas hacer contra él: Es una masa de fuerza tan grande que cuando dice no, el ser humano debe darse cuenta que no es necesario que añadir a continuación’.


A pesar de la presión que supone agotar los días de faena y cumplir con las expectativas de captura, los temporales de Laxe, sus violentas mareas,  no permiten dar la espalda a las olas cuando estas braman pensando únicamente en lo que se sacaría de la venta de aquello que pretende arrancarse de raíz. Ese riesgo sólo es asumido por aquellos mariscadores más jóvenes, en los que la intrepidez se acciona con el único objetivo de sacar el mayor beneficio económico en el menor tiempo posible. Ese sería el caso de Juan y El Presidente, quienes consideran la captura del percebe ‘dinero fácil’ y para los cuales la peligrosidad de ciertas mareas no supone un impedimento. Para Julio, sin embargo, descender a los acantilados es una decisión diaria que toma de la misma manera que John Steinbeck describía magistralmente en su novela breve ‘La perla’ a través de su protagonista, Kino: en  diálogos mudos con el mar desde la ventana, diálogos que son compartidos por el silencio cómplice de su mujer, hija de marineros y experta en asumir sin temblar la necesidad supervivencial de ir hacia las aguas aún cuando los cielos anuncian tormenta y las aguas braman con furia.

En la vida de Julio hay otra mujer con la que el mar también se relaciona. Se trata de su cuñada Esperanza, quien ha vivido los últimos tres años capturando percebes. Con licencia para faenar, se considera aún una aprendiz dispuesta a seguir ganándose la vida haciendo algo que, según ella, la hace sentir plena y feliz. Consciente de que hay muchas cosas que una mujer como ella, viuda y en la cuarentena, pueda hacer para ganarse la vida en un lugar como Laxe, la opción de hacerse percebeira no surge para únicamente de la necesidad de ganar dinero rápido para ella y su único hijo, también pescador. Como Julio, también Esperanza habla con emoción de la libertad que concede un trabajo en contacto pleno con las fuerzas de la naturaleza, del compañerismo que protege en las rocas y de la satisfacción sentida al final de la jornada, con el salitre aún en la piel.



Existen muchas formas de arrancar esa fealdad cuya excepcionalidad y riesgosa captura ha sido transformada en artículo culinario de lujo y se ha convertido en el medio de subsistencia de docenas de familias locales. Diferencias en las formas que tienen que ver con entender la búsqueda de percebes como una vivencia del mar, la vida y la supervivencia. Dentro de una sociedad económica y moralmente en crisis, en una localidad de tradición migrante, donde casi todas las salidas profesionales señalan dirección cero y la tierra a penas se cultiva, el mar se abre ineludiblemente como fuente de abastecimiento o bien como horizonte abierto para búsqueda de nuevos destinos y oportunidades. Para todos aquellos jóvenes que ansían contar con dinero en sus bolsillos los percebes aferrados a las rocas son, en palabras de Julio, billetes de 50 euros. Una visión ciega que inicia aproximaciones mecánicas, inexpertas y egocéntricas, desprovista de todo diálogo. Aproximaciones que abren rutas mortales y pueden acabar en forma de cruz sobre las rocas.



Elijamos al más distraído de los hombres sumergido en su más profunda ensoñación, pongámoslo en pie y nos llevará, infaliblemente, hacia el agua, aseguraba el escritor norteamericano Herman Melville al comienzo de su gran novela Moby Dick. El autor describía así la atracción natural y universal  que sobre las personas ejercen ríos y océanos, continentes genuinos del inasible fantasma de la vida, y la razón por la cual el agua y la búsqueda humana de conexión siempre estarían unidas.  La llamada del agua, su comercio, no responde únicamente  a un fin meramente supervivencial, sino a una suerte de fascinación orgánica por adentrarse en las profundidades de ese fantasma y dejarse llevar por la intensidad y la belleza de su movimiento así como por el misterio vital de su contenido.

En Laxe, como en La Tierra Baldía de T.S Eliot, las muchas voces del océano Atlántico alcanza cada mañana los ojos y los costados de sus habitantes, tentándolos con garras oscuras, la espuma de los días y los desplazamientos a lo azul, con profundos destinos líquidos. Los regalos inesperados del agua tocan los cuerpos humanos con yodo, dejan sal en las pieles anfibias. El océano las alimenta, las acoge, las recata de sí mismas, como un hogar.

Y en ellas marca también el punto de no retorno.




[~]









domingo, 7 de febrero de 2016

añade el metal

no se anula el dolor,
se pospone.

la muerte es la condescendencia
ya sabes -

confundir amor con cansancio
convertir comodidad en certeza

dejar estar lo plano.

algunas marcas son fundamentales
necesarias.

hay que escribirse, tallarse la piel,
rasgar

cruzar líneas.

hay que provocarse esa geografía,
desearla

también ahí reside el placer
los dos puntos -

añade el metal

:


la novedad.




:::





febrero



martes, 2 de febrero de 2016

Homs, Siria. Las ruinas


Al borde de las ruinas de un jardín. O de un jardín en ruinas. O de las ruinas de un amor cualquiera -arruinado e inconcluso- como cualquier jardín en ruinas.


Homs, Siria | REUTERS


Porque nadie pretende derribar las ruinas, nadie se acerca tanto. Así que permanecen, legítimos monumentos a la eternidad, a lo que no finaliza y nunca lo hará. Nos dejan atónitos con su soberbia de escombros y sangre seca sobre muros arrasados, con las pruebas a su favor: sin treguas, sin nada que perder.

Porque las ruinas gritan, gritan con ganas para que todos las oigan -y todos las oyen- que nunca volverán a estar en pie, que nunca acabarán de derrumbarse. Que siempre, siempre, siempre, en sus huecos, en sus silenciosos abismos, en la ausencia de lo que fue, habitará entera y sin agotarse esa resistencia absurda, inconcebible e insultante. 

Es decir, la vida. 




Siria 2016