sábado, 14 de mayo de 2016

correspondencia desde Isla Brava






Granada, Nicaragua -

No olvidar a la niña del descampado
golpeando el árbol.


No olvidar los ojos de Claribel A.

No olvidar al hombre que leyó sus poemas con lupa
en la Plaza de los Tres Mundos.


Camboya -

No olvidar Wat Phnon,
ni la naranja que robé

ni el corazón de semilla entre el incienso.

No olvidar esa noche ni lo que brillan 

los ojos verdes en la oscuridad.

No olvidar ningún gesto del amor.


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Ahora escribo sobre Sylvia y Ted, sobre la correspondencia, Inglaterra y lo que sucedió en Ariel. Sobre sus seis últimos años de amor e invierno.

Muchos besos, Claribel



La Nueva






Nueva querida,

Terminé de leer tu tesis y me he quedado fascinada.  Qué buen trabajo, cómo me has iluminado aspectos de Sylvia que yo apenas vislumbraba.

He leído mucho sobre ella.  Es una poeta a quien admiro.  A través de tu tesis he descubierto  que ella y yo tenemos cosas en común, sobre todo en el período de la niñez y de la  adolescencia, aunque las vivimos de forma muy diferente.  Coincidimos mucho en cuanto a la muerte.


Qué ganas de estar contigo y conversar a fondo. Has hecho un trabajo profundo, formidable. Te felicito de nuevo y te quiero más. 




Claribel Alegría






jueves, 12 de mayo de 2016

el amor


   la habitación del callejón x Marta Tucci


Leonard Cohen escribió

Quién diría
que el corazón envejece
del contacto con otros.

Marguerite Duras añadió

Todo es vanidad
y persecución del viento.

Últimamente lo he sentido así, exactamente así. La vida es ante todo memoria, es decir, experiencias que se constituyen en memoria si realmente nos atraviesan. Entonces nos dan forma y somos eso: memoria. La memoria es cuerpo, movimiento, expresión. Acaba por ser nuestro instinto, eso que nos hace detenernos y levantar una ceja ante una sensación que no podemos explicar racionalmente a la primera.

El amor se actúa, se aprende y nos hace.

Y sin embargo el corazón envejece al contacto con otros. Cada vez en el amor arriesgamos el amor mismo, y cuando perdemos - sucede tantas veces- nos devastamos.

Cuando el amor nos devasta algo en nuestro interior se agota y se atemoriza como un animal cualquiera que de pronto se siente una presa fácil. A continuación, la sola intuición de lo que sufriríamos al perderlo nos impide amar con valentía.  Entonces se instala la desilusión y el corazón se cubre de una fina capa de hielo que no permite que nada acceda a lo rojo. En el peor y más común de los casos, es el conformismo lo que sucede. Las personas se conforman con un sucedáneo de lo que querrían para no sentirse solas. O para no sentirse fuertes y débiles dentro de un amor devastador.

Antes de tener una memoria amorosa sabía del amor sin más, sabía naturalmente lo que tenía que sentir dentro de ese amor. No tenía dudas al respecto y no sabía nada de la devastación, de los extranjeros, de las flechas erradas, de los desplazamientos y del bilingüismo. No sabía nada del desfile marcial ni de que tenían que aparecer todas esas personas, suceder catástrofes naturales y visitarse ciertas habitaciones.


Niza X María Tormo

Hay habitaciones de las que convendría irse pronto y sin embargo nos quedamos, nos quedamos hasta que se derrumban o hay que mudarse. Hay habitaciones sin ventanas en las que el mar se filtra a través de las grietas de la pared. Hay habitaciones al borde de la belleza que un día aceptaron la pura suciedad como destino. También hay habitaciones perfectas en lugares equivocados. Hay muchas, innumerables, habitaciones de paso de las que no logramos irnos. Habitaciones-motel en un desierto. Habitaciones sobre hielo.  Habitaciones sin salida. Habitaciones desalojadas. Habitaciones expropiadas. Habitaciones desordenadas. Habitaciones escuálidas. Habitaciones simulando ser habitaciones. Habitaciones incómodas a las que nos acostumbramos. Habitaciones sin arreglo que redecoramos. Habitaciones que por qué no, venga, me la quedo.  Habitaciones-caravana que arrastran sus ruedas detrás nuestro aunque no sepamos a dónde vamos. Habitaciones de papel y cerillas y mechas. Y hay siempre una habitación en la que una noche nos sorprende un terremoto.

Hubo todas esas habitaciones y ahora existe esta habitación. Mi habitación.  La habitación del principio, tantas veces abandonada y que de pronto me doy cuenta que me aterra compartir. Temo la expropiación y los actos vandálicos.

Tiene lugar y es bonita, pero es una habitación con marcas, superviviente. Por eso guarda amuletos y un cuchillito bajo el colchón. Y es aquí, de pronto, que entre sus cuatro paredes se me ha acabado la amnesia. Ese tipo de amnesia que persigue a las guerras civiles. 

Porque la verdad es que mientras entraba en todas esas habitaciones olvidaba lo que siempre he sabido del amor. Al pobrecito de mi amor lo aparcaba en la puerta.

Me he enamorado tres veces, en tres habitaciones impropias que confundí con la mía.

Sólo he amado la segunda, porque amé a la persona que la habitaba. Un día esa habitación saltó por los aires y algo más allá de la relación que mantenía con su dueño saltó por los aires también: La confianza en el valor de lo que había ocurrido en su interior.

Después, uno a uno, todos los intrusos necesarios e inofensivos, como pequeñas condenas que hay que cumplir, penas en ejecución. Los trámites, los trámites sin riesgo, sin más, que sin embargo acaban por enseñarnos las reglas del juego.

Y después, en el después sudeste hubo ese amor, sí. Bello y cataclísmico. Nada se restableció y todo perdió indefinidamente su pulso. Porque el amor cataclísmico no suele ser reparador sino confirmatorio de pasados hechos y derribos.



     Habitación x Laura Makrabesku


Ahora llegamos a este lugar, que no me suena de nada, pura novedad y sensación de susto. De pronto me asusta que mi corazón haya envejecido o tal vez tema su inocencia, la poca que le queda y le aterra perder. Algo le pasa: No le pasa nada.  No aspira a nada. No espera nada. No sueña con nada. Ya no tiene rostro.

A pesar de todo, de esto que me ocupa los latidos con temblores, incredulidad y hastío, soy consciente de mi naturalidad hasta ahora. Con naturalidad he hablado siempre desde el mismo lugar, que es el lugar del amor. El amor con MAYÚSCULAS. El irreverente, el inoportuno, el que llega, se reconoce a sí mismo y se instala sin permiso. El auténtico, el que sacude, el que inspira, el de la magia del encuentro, el de la construcción, el de "se sabe desde la primera mirada o no se ha sabido jamás". El que merece la inocencia, el esfuerzo, los hechos excepcionales y hasta los atracos. El que pide audacia, aunque se tenga miedo. 

El que es consciente de que no somos dueños del tiempo ni de la muerte y que, por tanto, se basa en una idea de lo invencible aterrizada en que las personas estén juntas, frente y en. El de los naufragios posibles y el que se queda a llorar si toca. También el que un día deja de llorar y sabe hacer sus maletas porque, más que nada,  es un amor sin orgullo, pero con dignidad.

Así que, naturalmente, hasta ahora he sido una ilusa, sí. Una chalada sin estrategia, obvio. Estúpida e imprácticamente desprendida, claro. Ridícula a veces, seguro que también. Y bueno: ése es el lugar del amor. Lo reivindico, por naturaleza como espacio de pertenencia, aunque ahora decida abandonarlo. De puro cansancio, de puro vacío. El puro vacío que dejan las devastaciones, unas sobre otras.

Quizás tenga que matar todo esto, atravesar la hibernación, dejarme la piel en ello.

Cerrar este cuarto e ir hacia las zonas salvajes, siamesas. No decir nada que no suene animal.

A la izquierda mi corazón japonés, arrasado por los vientos que arrancan las flores.
  
Los vientos no tienen raíz,
según Sylvia Plath.

Los vientos no tienen raíz, pero las personas, que son caminantes del aire, paradójicamente sí. Y se las tienen que arreglar con tan rara y bella herencia.

Y qué, ahora qué.

Ahora, por fin, veremos.