domingo, 31 de julio de 2016

+ correspondencia desde Isla Brava | estructuras inacabadas: abandonar, exiliar y rehabitar | Vann Molyvann, 1926 - Camboya


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The Vann Molyvann Project | Here [X] Aquí


Olympic National Sports Complex | Phnom Penh | by Vann Molyvann


Qué simple es: negro líquido
en tránsito hacia otra cosa,
algo antes rojo persiguiendo lo rojo,
acabando

se mueve.



En la esquina de Sihanouk con Monivong de la ciudad de Phnom Penh, capital de Camboya, hay un cadáver exquisito. Ése es el nombre que puede darse a los edificios cuya construcción no se terminará jamás y es susceptible de convertirse en cualquier otra cosa, a los esqueletos de cemento que, en este caso, renuncian a aportar más belleza de la que había desde su originaria formulación en un plano. La estructura gigantesca e inacabada de este edificio forma parte de la cadena de derrumbes, expropiaciones y sustituciones urbanísticas que han quedado interrumpidas por la crisis en occidente y la bancarrota especuladora de algunos de sus inversores europeos. 

Sea como sea, la transformación urbanística no se detiene tan fácilmente a partir de la huida económica de ciertos capitales extranjeros. Los tigres asiáticos chinos o coreanos permanecen y avanzan tentacularmente favorecidos por gobiernos ultra corruptos como el camboyano, que también permanecen en la venta ininterrumpida del país. Así es como Francia, Bélgica Vietnam o China contribuyen a la deforestación y la de-construcción de la población indígena de Kampuchea para el cultivo del caucho; así es también como los edificios se derrumban, los barrios se incendian, las vidas se expropian, los lagos se desecan y la miseria cambia de lugar.  


The White Building | Phnom Penh | By Vann Molyvann
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En otra calle de la ciudad, un viejo cadáver exquisito habla de otro tipo de interrupción. La obra del White Building, edificio concebido en los años sesenta para dar cabida a familias camboyanas de una reciente clase media y diseñado por el reconocido arquitecto camboyano Vann Molyvann, se detuvo durante los bombardeos norteamericanos sufridos por el país y la posterior ocupación del poder por los khmeres rojos, que iniciaron su andadura auto-genocida a partir del éxodo de toda la población urbana al campo. 

Tras habitar el exilio, Molyvann regresó a Camboya para quedarse; también para contemplar el tratamiento y supervivencia de sus obras y continuar con la puesta en pie de lo que había sido definido en los años cincuenta como Nueva Arquitectura Khmer. Respecto al destino de sus estructuras, además de los derrumbes de algunas de sus construcciones -como la sustitución del Teatro Nacional en aras de un centro comercial-, podemos encontrar al White Building aún con vida y ocupado por más de tres mil personas en absoluto riesgo de exclusión social: jóvenes prostitutas venidas de provincias, niños de la calle, personas adictas a drogas de todo tipo, gente marcada a la que la sociedad camboyana ya no quiere de vuelta y familias, muchas familias humildes. Todos comparten la improvisación de una ruina inacabada convertida en casa, en comunidad, en posibilidad con riesgo de derrumbe, altercado o incendio; todos conviven con la amenaza permanente de expropiación y la certeza de no tener otro lugar mejor adónde ir, otro lugar del que, en cualquier caso, también podrían ser expulsados.


Interiores | Inside The White Building
No hay restablecimiento del itinerario imposible de Molyvann y su obra dentro de la mutación comercial de Camboya, como tampoco la hay para quienes deben entender que su casa siempre será una estructura inacabada, abandonada a su suerte. El desarrollo de Phnom Penh se produce, por lo demás, dentro de la brecha abismal de unas tradiciones y valores bloqueados o muy confusos producto del vacío intelectual y cultural postgenocida, dando lugar a una ausencia de contenido imaginario del que el país no se ha recuperado y del que nadie se responsabiliza. Así pues, el trabajo de reconocimiento, reconstrucción y curación psicológica a partir de la memoria se interrumpe sin restablecimiento, como la figura de Molyvann, cuya obra ni siquiera se estudia en la facultad de arquitectura, y mientras sus construcciones aguardan al próximo centro comercial para ser derruidas.


Ferrocarriles camboyanos. Dejaron de funcionar durante el genocidio Khmer. Rehabilitados parcialmente en 2015

Pero todo lo inacabado cuenta con la potencialidad de ser loto. 

También las ruinas.

Las ruinas pueden, a su vez, ser metáfora de la sistemática elección de la amnesia como metodología de expansión económica, de la expansión-devastación que ahoga repetitivamente el cuidado de la vida y noquea la capacidad humana para construir estructuras no autodestructivas. Sus esqueletos dejan que el viento las atraviese y saque conclusiones, que ya sabemos oír. 

Pueden igualmente esperar y cubrirse con nieve.


Casa de Vann Molyvann | Siem Reap, Camboya

















lunes, 25 de julio de 2016

+ Correspondencia desde Isla Brava | La ruta del dragón



X Cecilia Paredes | La Ruta del Dragón, 2012


Febrero. Seis. Phnom Penh. Dos mil doce | Aula


No entendía realmente las condiciones de las políticas de desprendimientos hasta hace dos semanas. Hasta este lugar. Hasta ti. Hasta que el término lo abarcó todo y me partió el corazón limpiamente. Simétricamente. A la mitad.

Hace siete días.

Golpeas el interior de mi cabeza-campana frente las pizarras desnudas del Tuol Sleng, que yacen en un  silencio vacío, apoyadas como una espalda; frente a los gritos que aún resbalan sobre las pareces ocres; frente a los rostros en disolución que componen los paneles centrales del Musée du Genocide; frente a todos los aullidos de esos mismos rostros numerados. De sus cuerpos. De la memoria vaporizada dentro de una purga sistemática en su gestión de la brutalidad y lo inimaginable.

Aula tras aula, todos los naipes perdidos en el viento y tú. 

Sucede de pronto: Algo dentro, visceral, se ahueca para recibir la descarga eléctrica del pavor de los camastros sin colchón, del hierro que hería tan profundamente, de los compartimentos de madera y ladrillo donde se mantenían los miedos aislados, enloqueciendo, deshaciendo a sus dueños dentro de los gritos paralelos de los interrogatorios. Y siento, frente a una montaña de grilletes oxidados, cómo mi cuerpo se corta y el sudor frío me araña la frente como una tiza. Cómo infinitas manos heladas se posan sobre mi espalda atravesando la piel, avanzando hacia el centro, accediendo a algo terriblemente golpeado.

Salgo del pabellón dos a la ola de calor y me siento en uno de los bancos del patio. Un cartel a mi izquierda explica el uso atroz que recibieron los antiguos aparatos de gimnasia para niños desde 1975 a 1979. Éstos y otros restos escolares igualmente demenciales evidencian que este edificio es un fantasma dentro de sí mismo, dentro del limbo que lo vio convertirse en uno de los mayores centros de tortura sistemática de la historia. Este antiguo colegio es también el único espacio que se mantuvo fuera del éxodo de la población urbana a los campos de la muerte. 

Me quedo.

Sigo ahí, tan inesperada como una pizarra en ruinas bajo el sol naranja, que se desprende como un gajo sobre los muros aún alambrados de este lugar. Quieta y abreviándome, sin poder llevar mi cuerpo a ningún otro sitio; mirando a los turistas mirar, escarbar en las paredes. Así, por tiempo indeterminado, mientras la mañana crece hasta agotarse en la puerta siempre abierta de este no-lugar. A su alrededor, un enjambre de niños diminutos cargan pesadas cestas de libros fotocopiados que recogen las crónicas testimoniales de quienes atravesaron con vida el año cero. Niños vendedores, sucios, destartalados. Niños hermosos en el mundo cazador, como en el poema de O Sam Oeur.

Mediodía. Salgo.

Recorro los escasos cien metros que separan el Toul Sleng de mi callejón sudeste en el canal 105, tan repleto de los gritos alegres de los niños que juegan cada día bajo mi balcón. He tardado un año en hacer el camino inverso y elegí finalmente una mañana sin piel, amenazada de fiebre. Una mañana ya rota de antemano, agrietada por la noche anterior, con nuestro abandono latiéndome dentro como un animal atado a un árbol.

Camino de vuelta, definitivamente enferma, pensando en desiertos y en recorridos. Pensando en arrozales y en cuerpos heridos de muerte. Pensando en Khmer. Pensando que ninguna víctima puede imaginarse en el centro de un genocidio ni calcular desde dentro sus dimensiones. Pensando en el zarpazo de la bestia Shoah, Rouge o Utu sobre el corazón de un país. Pensando en la amnesia demoledora que persigue a cada guerra, a cada exterminio. Pensando en todos los desgarros inevitables. Pensando en todo lo inimaginable inevitable.

En todos los poemas inevitables. 
En todos los amores inevitables. 
En todos los amores inhabitables.

Ahora que ya no sabemos nada.








martes, 19 de julio de 2016

+ Correspondencia desde Isla Brava | Bangla


Dhaka X Thahnan Ferodus

Dhaka huele a petróleo; su olor avanza en una densa ráfaga hasta marearte. Toda la ciudad es una gran mecha abandonada. 

Al final hay una niña rota sosteniendo una cerilla húmeda bajo la tormenta.

Las ruínas que arman este lugar asumen que los días han de atravesar el tráfico y  las multitudes como cualquier catástrofe natural domesticada. Que todos los edificios han de permanecer en lo inacabado como resolución arquitectónica: construcciones que nunca se terminan, andamios equilibristas -solos-, intentos abandonados de rearme, cuerpos al borde del derrumbe. 

Pero Dhaka ni se hunde ni se agota: sigue.

Espera algo entre el tumulto, 
pinta de colores inapropiados los uniformes militares
recoge el sonido de los aviones de un aeropuerto que está demasiado cerca
entiende que lo ambulante permite los pasos
que los incendios pueden convivir con las inundaciones
que una multitud puede contenerse en un metro cuadrado

que todo lo posible es capaz de sobrevivir en un metro cuadrado.



infraestructura x Thahnan Ferodus

Dhaka: atestada, catastrófica, perfectamente intensa, bella de saris, niños-pez y ojos abiertos de par en par,

a punto de desplomarse o de despegar, 

repleta de orgullo independiente y callejones como cajas torácicas,

musulmana
ferroviaria
ácida
líquida
mendiga
nacarada
mercader

se duerme a veces
sigue.


Fuera del petróleo, más allá de Dhaka, el país es rojo y verde.



[C]


Niño, sombra, balón fantasma y bandera bengalí x Thahnan Ferodus





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Antes de La Brava, Dhaka 


Fue en 2010 -

algo de vértigo.