jueves, 6 de octubre de 2016

octubre, la casa

Volví.

Volví porque era verano y porque ése era el trato. Aún sí fui enteramente impuntual.

Recuerdo la camiseta verde que nunca usé de nuevo, que perdí o abandoné, y aquellos pantalones destrozados al final que arrastraban resignados la lluvia del norte para luego secarse sobre radiadores. Me recuerdo así de imprecisa frente a su puerta, dentro de la ingravidez. Y recuerdo también no pensar, en ningún momento, encontrar el vandalismo del otro lado.

Pero ahora hay nitidez. Mientras me desprendo a ráfagas de cada lugar en que he vivido desde entonces, distingo las formas exactas, la luz de la casa, los techos altos, los patios azules. Es absoluta la nitidez, por fin.

En la habitación duerme el perro esquimal, inmenso y cálido, a los pies de la cama. Nos rodean las esculturas de metal, sus hombrecitos perplejos, aún con vida y nunca enteros; sus cuadros demasiado en silencio contra las paredes; las persianas a medias, agotadas; la cama deshecha, sin nosotros, sin antes; sus cosas, tan terriblemente sus cosas. Todo en ese cuarto sabe lo que está a punto de ocurrir, todo menos yo, porque mi ingravidez es enteramente demencial.

Yo he vuelto. Me he limitado a eso, a hacer mi parte y a volver, así que estoy ahí, ahí sin importancia, pensando estúpidamente en mi abrigo negro y en la gabardina azul, rescatada de un desván, que cuelgan desde hace meses de su armario, exiliadas, a la espera de mi regreso. Esas cosas mías tan mudas y tan fuera de estación. Y de pronto lo sé: están indefensas y alguien debería sacarlas de allí, llevarlas a casa de nuevo, ponerlas a salvo. Lo sé y eso es todo, porque lo único que alcanzo a presentir es que hay que dejar algo con vida, llevarlo fuera de ese lugar, apartarlo de una posible catástrofe natural.

Que sucedió a continuación.



Fábrica abandonada. Asturias 2004 © Cova A. | analog
Duró dos noches, exactamente dos.  Nos encerramos en ellas con la precisión del daño, con las lágrimas, con la mirada extraterrestre, con el final de las cosas, con las últimas veces.

Un verano antes ni él ni yo conseguíamos salir de ese cuarto y nunca llegábamos a tiempo a ningún lugar. Yo hacía fotos en fábricas abandonadas y él dibujaba niñas abrazadas a árboles sobre superficies de madera descartadas. En la parte de atrás de cada dibujo yo escribía te quiero y algo más, siempre algo más que ya nunca recordaré, algo que pertenece a lo que éramos nosotros juntos en aquella casa, en cada día, en aquel amor. En algo que después no volvió a ser nuestro y se dejó arrancar. 

Los domingos íbamos al rastro y paseábamos entre vendedores de chatarra, piezas descabelladas y metales partidos. Yo lo observaba encontrando caras en teteras, cuerpos de arañas en paraguas rotos y estados de ánimo en el hierro informe.  'Míralo, está triste', decía. Y también: 'Éste tiene cara de loco'. Aquella enorme calamidad en una jarrita de metal, con su tapa rota, a la que le había dado la vuelta.

Esta nitidez, de nuevo. Su sonrisa de siete años frente al metal: Tiene siete años en los ojos y yo lo miro.

Íbamos más lejos. 

Caminábamos por el borde del mar, casi siempre a punto de ser arrastrados por el viento en otra dirección. Y casi siempre llovía, ya se sabe. Porque en el norte la lluvia es eso, lo que sucede a veces, infinitas veces, una vez tras otra y sin contemplaciones. Y casi siempre nos calábamos hasta los huesos, tan flacos, tan poca cosa, tan exactos como los muelles. 



 Patio   ✗  Asturias, 2004 © Cova A. | analog

Cuando llegábamos a la casa de los patios azules no podíamos esperar, no conseguíamos llegar hasta la cama. Nos enredábamos y caíamos al suelo llenos de lluvia, dos saquitos de huesos exactos, exactos como dos muelles, con la precisión del suelo agotándonos y reptando después hacia la cama: continuando, continuándonos; avanzando en todas las direcciones del cuerpo; abrazándonos más de lo que jamás nadie nos había abrazado antes, más de lo que nadie nos abrazó después.

Era ese tipo de suerte, y no era posible estar a la altura de ese tipo de suerte a la primera. Así que un día el viento del sur abrió de golpe las ventanas.

Era una mañana cualquiera, una mañana más enredada en él y empecé yo. 'Quiero que deje de llover', dije. 'Quiero dejar de calarme hasta los huesos'. Él midió en plata la dimensión de aquella brecha tan breve, me miró sin prisa y muy de cerca, lo bastante para ver que sólo había sur en mi cabeza, que sería así durante mucho tiempo, que nunca diría ven conmigo porque no sabía hacerlo. Me besó. Cerró la mirada, no cerró las ventanas y comenzó a sufrir.

Más tarde, en el más tarde, un año después del sur, él hizo su trabajo contra la ingravidez: 'Ahora no puedo estar enamorado de ti. Ahora ya no sé no hacerte daño. Ahora ya no sé quedarme solo. Ahora es demasiado pronto o demasiado tarde para que nos quedemos en este amor'. 

El sufrimiento cambió de ubicación.

He tardado tres continentes en comprenderlo, ni un centímetro menos. Tres continentes sin acceder a lo intacto, tres continentes para saber qué es una casa. Y qué éramos, aún más sencillamente, él y yo.

Es fácil, de pronto, saber lo que es el amor.

Fábrica abandonada. Asturias, 2004 © Cova A.  |  analog

El resto es pura amnesia. Pura amnesia, la persecución del viento de la que hablaba Marguerite Duras en 'Esto es todo', el ego y la vanidad. La mía, la suya, la que aplaza el valor y nos resta precisión: ruidosa y profesional.

He tardado octubres enteros de aproximaciones y tres continentes en sentarme a escribir esto y prestar atención a lo definitivo, en anotar los hechos demostrables: no he vuelto a mirar a nadie con esa pureza, con esa limpieza, con esa intensidad. No he vuelto a sentir esa inocencia ni esa concisión de la piel. No he vuelto a sentirme yo misma tan intacta y tan a salvo. Nunca he vuelto a sentirme tan a salvo del mundo con nadie.

Ha habido mucha gente y otras habitaciones. Muchas habitaciones. Muchas miradas. Ha habido amor con mayúsculas y con minúsculas. Ha habido, en general, mucho ruido. Ruido sin nitidez, pero ahora presto atención a lo definitivo. 

El viento de octubre arrastra hasta mí la verdad más exacta, la más hermosa: ese amor de patios azules, el amor que nos llenaba de lluvia y nos calaba hasta los huesos, es un molde en el que nada ha vuelto a encajar bien.



Habitación abandonada. Asturias, 2004 © Cova A. | analog

Hay una foto, hay una playa.

San Lorenzo, tres. Los dos. Breves, empapados y juntos bajo la tormenta, temblando y sonriendo bajo la tormenta. Aquella tormenta y el número tres recién tatuado sobre el hueso derecho de mi cadera: su regalo, la marca antes del sur, lo que permaneció.

Ahora todo es octubre y el viento nos alcanza. Ahora, aquí, al borde de Gracia como hace dos años sobre el Phsar Toul Tom Poung, al final del monzón, he sentido el frío del norte arrastrado por el viento.

Todo es octubre y el viento nos arrastra.

A veces siento que no queda ni rastro de la inocencia. Ya no consigo imaginar, ya no consigo creer, ni creerme. La pereza de mi corazón es inversamente proporcional al pavor que me produce conocer las dimensiones de la pérdida. Perder más inocencia es algo que, sencillamente, no puedo asumir. Así que prefiero este lugar, este lado de las cosas, y quedarme quieta al borde de Barcelona o de Kampot. Dejándome llevar por su belleza, por su supervivencia sublime, por dos millones de ausencias, por los niños-pez expertos en calles inundadas, por ellas - las bravas sobre Isla Brava - por el rumbo de las cosas, por cualquier otra cosa.

Por cualquier otra cosa que no traiga de vuelta el ruido sin ritmo, escurridizo -

sino el perro lobo a los pies de la cama
el agua clara.



Fábrica abandonada. Asturias, 2004 © Cova A. | analog