domingo, 19 de marzo de 2017

Konkiah | La raíz de las cosas



Fui a la escuela durante cinco años con la misma falda azul. Amaba esa falda y nadie tenía por qué saber que sólo tenía una. El día que la quemé con la plancha por accidente todos supieron la verdad, se extrañaron y me miraron de reojo. A mí no me importó.

Amo a mi abuela con todo mi corazón. Me crió a mí y a mis hermanos. Mis padres no supieron. Apenas lo intentaron, se rindieron. Dejaron de quererse para tratarse mal. Después uno huyó y la otra se sumergió en la supervivencia.


X Mona Simon | The Missing Code Series


Las manos de mi abuela son raíces, su dulzura también. Fue ella la me dijo una y mil veces, en mitad del ruido de los abandonos, que creyera en mí y eso hice: no he dudado.

He sido muy pobre y nunca seré rica, no me interesa. Entiendo y quiero a mi país a pesar de sí mismo. Odio lo que las personas aquí podemos hacernos las unas a las otras: mirar sólo la piel, despreciar a los que no tienen más que su oscuridad, no querer entender más allá de los prejuicios. Jamás he pensado que deba aceptar nada porque sí, nada, incluso lo que pudiera parecer un destino más que evidente.

Uno de los dedos de las manos-raíz de mi abuela está dañado, paralizado. Es el recordatorio de una guerra, de un genocidio, de los trabajos forzados. En su sonrisa ella recuerda otra cosa, siempre. Decide ser mi memoria y yo decido ser su futuro. En nuestro presente la casa huele a mandarinas y a la risa de mi hijo.

Elegí ser madre soltera. 

Tenía diecinueve años cuando encontré a mi hijo. Era un bebé al que nadie cuidaba y yo lo quise desde el principio. Fue un amor correspondido: los animales reconocen siempre a sus crías, es un lenguaje de calor. Decidí trabajar más que nunca y decir que era su madre. 

Conozco el abandono, su capacidad de destrucción desde dentro, la soledad del que no tiene padres. No permitiré jamás que mi hijo sienta ese tipo de rechazo. Elegí no decir a nadie que le había adoptado. Fui para todos una madre o esposa rechazada, dejada atrás. Algo inútil y ya sin solución. 

Quién iba a quererme ahora.

Seguí trabajando, abrazando a mi hijo. Trayendo dinero a casa y aprendiendo inglés a los bordes. Tomando las manos de mi abuela como un cuenco de agua.

No buscaba el amor, no pretendía que nadie se enamorase de mí. Tengo la piel oscura y un hijo: las puertas de una boda khmer se cerraban con fuerza en mi cara, pero él insistió. Yo no le di ninguna oportunidad, al principio, ninguna explicación. Tenía un hijo, eso era todo, y una abuela mágica. Y hermanas de las que ser ejemplo. No me iría con nadie a ninguna parte y no me abandonaría a mí misma.

Se quedó, hizo su parte. Existía toda esa amabilidad, toda esa verdad. Supe reconocer el amor y yo también me quedé en él. Dentro vivimos mi hijo y yo. Dentro vive nuestro futuro sin destinos impuestos y esperados, dentro vive la memoria de mi abuela y el abandono ha ocupado el lugar de las semillas.

Camino tranquila por las calles de mi ciudad. He aprendido a reconocer la ignorancia de los que juzgan sin saber e insultan a las mujeres. Son siempre los mismos insultos, es siempre la misma ignorancia. 

Mi marido y yo construimos una familia que no habitará otro palacio que el de la dignidad y el de nuestra propia certeza. Y tengo mis propios sueños, porque los sueños son importantes. Trabajo y estudio por ellos, los habito como un guante. 

Camino y me encuentro con personas maravillosas con las que seguir compartiendo pasos entre todo este delirio de expropiación. Quiero crear otros caminos, diseñar, coser un nuevo traje con el que vestir un futuro auténtico en este país.

Mi corazón habla en khmer, elije sus palabras, entiende sus pulsaciones y se fía de ellas. Y cada domingo las tiende puntual como una alfombra hacia la casa de mi abuela, a las afueras destartaladas de Phnom Penh.


Allí, en la casa que hace meses estuvo a punto de incendiarse, me siento con mi hijo sobre el suelo, comemos mandarinas y abrimos las ventanas.








No hay comentarios:

Publicar un comentario